Dust and ash forever

Imagina que la firma de tus cigarrillos preferidos descontinúa la marca y guardas en tu velador una última cajetilla de veinte. Cada vez que enciendas uno – junto con saborear el momento, disfrutando su carácter y aroma – irá esfumándose algo especial, inimitable. Hasta aquel día en que se acaben y solo podrás recordarlos con nostalgia.  

Para mi generación, tales cigarrillos – o chocolates, si quieres – son Freddie Mercury, David Bowie, Wendy O. Williams, Lux Interior, Lemmy Kilmister, Ozzy Osbourne… Los últimos rebeldes e inconformistas del rock que alcanzamos a ver en pie. Por eso, cuando el madman anunció su retiro definitivo tras ‘Back to the Beginning’, sabía que era cosa de tiempo para enterarme de su muerte. Pues lo privaban del público, su alimento vital.

Fue el rey y el payaso, como cantó en su debut solista. Y ahí donde pudo faltar talento, compensó con entrega, lealtad y amor hacia el rock’n’roll, la religión que jamás defrauda, como señaló su amigo Lemmy. Cuando sea el turno de Iggy Pop, Alice Cooper, Suzi Quatro, Joan Jett y un par más, esa cajetilla quedará triste e irremediablemente vacía.

Celebro haberlo aplaudido en directo, aunque no más que su aporte musical en tiempos más solitarios e inciertos. Gracias, Ozzy. See you on the other side.

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