
«Quien sabe leer sabe la más difícil de las artes». La frase del político francés Jacques Duclós se cita a menudo para realzar – no sin cierta vanidad – la riqueza de una afición cuya práctica estimula un carácter interpretativo, reflexivo y crítico. Hábito socialmente anclado desde la niñez al lugar común del erudito, pero que acusa efectos bastante mayores en lo cotidiano.
El informe más reciente de la OCDE sobre su Programa para la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos relega a Chile al último lugar entre 31 países evaluados. El 44% de los adultos carece de habilidades básicas en comprensión lectora y matemáticas, dato que objeta un supuesto aumento en el interés por leer – el 50% de los chilenos declara hacerlo durante al menos 15 minutos diarios -. También la Encuesta sobre Comportamiento Lector que trazó en su momento el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, con un promedio anual de 5.3 libros leídos por habitante; muy superior a la estadística sudamericana, aunque no detalla si esto incluye narrativa contemporánea, ensayos científicos o textos de autoayuda.
Una comprensión lectora deficiente surge de múltiples factores que van desde un vocabulario pobre hasta abordarla mediante estrategias formativas obsoletas. Si la inmediatez de la cultura multimedia transforma nuestros procesos cognitivos – exigiendo mensajes cada vez más visuales y sucintos -, ignorarlo caducó mucho del enfoque analítico tradicional. Nuevas forma de leer y comprender se abren camino, mientras las consecuencias de no implementar estímulos adecuados siguen traspasando el ámbito individual (baja autoestima, fracaso escolar) hasta repercutir en la empleabilidad y productividad nacional.
Años atrás, con motivo del «Día del Libro y la Lectura» fui invitado a dar una charla en un colegio municipal. Ninguno de los asistentes – alumnos en riesgo social, destacados entre sus pares – se motivaba por la lectura, inclinándose naturalmente hacia las redes sociales, los videojuegos y el cine. No les di una charla formal; tampoco aquel discurso sobre los mundos fabulosos apilados en su biblioteca junto al placer de descubrirlos.
Les aconsejé simplemente leer. Para que mañana eviten firmar malos contratos o caigan en estafas. Para conocer de antemano los intereses abusivos aplicados por las casas comerciales. Para que aprendan a revisar siempre la letra chica. En definitiva, para abrirse paso y sobrevivir.
Enfatizar la importancia de la lectura como una habilidad dura es crucial en un mundo competitivo e injusto. Por esto, como en cada «Día del Libro y la Lectura», no sugiero títulos. Lo que recomiendo de verdad es leer.
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